LA EXPLOSIÓN DE CÁDIZ DE 1947: LOS HÉROES OLVIDADOS DE LA CASA CUNA

                                  Artículo publicado en el DIARIO DE CÁDIZ del 17 de agosto de 2026

Niños de la Casa Cuna dos meses antes, vestidos para el Corpus (www.laexplosiondecadiz.es)

La noche en que los infantes de marina del Tercio del Sur de la Armada en San Fernando socorrieron a las pequeñas víctimas de la tragedia de Cádiz del 18 de agosto de 1947. Fallecieron 26 niños y niñas de entre dos meses y nueve años de edad y 18 mujeres

No sabían quién podría estar bajo los escombros. Ni si el castigado edificio terminaría de desplomarse. Tampoco si las minas que quedaban en la arrasada Base de Defensas Submarinas, rodeadas de fuego, estallarían también. Bajo la poca luz que les daban unas rudimentarias linternas y algunas antorchas, los infantes de marina llegados de San Fernando continuaron retirando escombros, vigas y ladrillos con rapidez. Cada minuto contaba. Casi todos eran jóvenes del servicio militar obligatorio, que en esos días estaban haciendo la “mili”. Ninguno pensaba en el peligro al que se exponían.

Pronto vieron horrorizados pequeños cuerpos cubiertos por una espesa capa de polvo. Algunos lloraban, otros estaban inmóviles. El alférez Emilio Charlo recordaría en el informe que la Armada les ordenó que escribieran a todos los que estuvieron allí, que a todos los encontraban “como harinados”, completamente blancos. También le impresionó comprobar que algunos permanecían “dormidos, como si nada hubiera pasado”. Unas imágenes que se les quedarían grabadas para siempre a los rescatadores de la noche más trágica que ha vivido Cádiz, tal y como nos ha documentado en sus libros uno de sus mayores investigadores, el gaditano José Antonio Aparicio Florido.


                                          Fachada de la Casa Cuna (www.laexplosiondecadiz.es)

Exactamente a las nueve menos cuarto, explotaron las 1.007 minas submarinas, 660 cargas de profundidad y 41 torpedos que estaban depositados en el almacén número 1 de aquella instalación de la Armada desde prácticamente el final de la Guerra Civil, ante la posible amenaza de que se produjera un desembarco aliado en las costas de Cádiz. De nada sirvieron los requerimientos del teniente coronel Bescós Lasierra, jefe de la División de Armas Navales del Ministerio de Marina, aconsejando cuatro años antes el “urgentísimo traslado del depósito de Defensas Submarinas, que en caso de voladura originaría una catástrofe de carácter nacional”. 

                                                         Informe del teniente coronel Bescós Lasierra, 1943                                                              (Exposición permanente de la explosión, castillo de Sta. Catalina)

Tampoco la insistencia del propio jefe de esa base de San Severiano, el capitán de fragata Miguel García-Agulló, que escribió nada menos que un mes antes sobre “la imperiosa necesidad de trasladar en el menor tiempo posible el lugar de almacenamiento de las minas. Su situación actual dentro del casco de una población, aun guardando en su vigilancia las mayores de las precauciones, es una constante preocupación para el Mando”.

En un primer momento, cuando las fuerzas del Tercio del Sur de Infantería de Marina consiguieron acceder a la zona devastada, se afanaron en extinguir los incendios que amenazaban con hacer estallar las 491 minas del almacén número 2. Justo donde estaban intentado apagar las llamas el capitán de corbeta Pery Junquera y su grupo de valientes marineros que consiguieron evitar una desgracia mayor.

Pero rápidamente, según describió el teniente Francisco Aragón en su informe, mientras colaboraba en la extinción de aquellos incendios, “fui requerido por dos paisanos con los cuales me dirigí hacia la Casa Cuna”. Una institución de beneficencia que albergaba a decenas de niños pequeños, en su mayoría expósitos y huérfanos, gestionada por las Hermanas de la Caridad y que, por su proximidad al epicentro de la explosión, la onda expansiva había alcanzado de lleno. Sin pensarlo, este teniente reunió a su grupo de infantes de marina y se fueron corriendo hacia las ruinas de aquel edificio. 


La arrasada planta de la Casa Cuna donde dormían la mayoría de los niños fallecidos (www.laexplosiondecadiz.es)

Allí viviría momentos terribles que someramente resumió así en su informe: “logramos sacar algunos niños con vida y otros ya fallecidos”. Este teniente fue el mismo que, para quitarles el miedo a sus soldados, se sentó en una mina de las que no habían estallado y se encendió un cigarro tras decir: “¿veis como no hay peligro ya?”. 

El capitán Domingo Espejo confirmó por escrito que estos infantes de marina fueron los primeros rescatadores de las pequeñas víctimas de la Casa Cuna. Más tarde se incorporarían marineros, personal de la Cruz Roja y de otras unidades militares.

Los documentos no permiten medir el coste humano que aquella noche dejó entre los que participaron en ese rescate. Lo que sí acreditan es que muchos de ellos permanecieron durante horas entre los escombros, salvando supervivientes y recuperando los pequeños cadáveres que una desolada Sor Gloria Ramos Limones, aunque herida, intentaba identificar. En el caso del teniente Aragón, su hoja de servicios refleja que pocos años después causó baja de la Armada por ingresar en un hospital psiquiátrico. Aunque resulta imposible establecer una relación entre ambos hechos, es fácil pensar que los que entraron en la Casa Cuna no salieron siendo los mismos.

Los trabajos de salvamento continuaron durante días. De todas las actuaciones de aquellas dramáticas jornadas, los informes destacan la del teniente coronel Ristori y el sargento Jiménez Ponce, quienes, tras darse por finalizado el rescate, volvieron a introducirse en la derruida capilla de la Casa Cuna para conseguir recuperar el copón y sagradas formas que éste contenía, entregárselas en mano al obispo y ser depositadas en la iglesia de San José.


Escombros de la Casa Cuna (www.laexplosiondecadiz.es)

Fallecieron en la Casa Cuna veintiséis niños y niñas de entre dos meses y nueve años de edad, doce trabajadoras, cinco monjas y la hermana del capellán, que residía con él y que resultó gravemente herido. Oficialmente, en esta catástrofe murieron 150 personas y pudo haber más de 10.000 heridos.

Cádiz no ha olvidado esta tragedia, y todos los años rinde un emotivo homenaje a todos los que perdieron su vida. De esa manera, se honra con justicia a las víctimas de aquella terrible noche de 1947. Sin embargo, sigue pendiente el reconocimiento de aquellos infantes de marina del Tercio del Sur que entraron voluntariamente en el lugar del que todos hubieran querido escapar, y arriesgaron sus vidas para auxiliar a todos los damnificados.

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