LA GESTA DE LOS HOMBRES DEL MAR ANTE EL TERRORISMO MÁS SILENCIADO
Artículo publicado en EL DEBATE el 10 de enero de 2026
(Doctora María Fidalgo)
patrullero de la Armada Tagomago
Este 2025, han pasado cuarenta años del asesinato del joven cabo José Manuel Castro. Apenas tenía 18 años. Su muerte se producía mientras acometía el rescate de unos pescadores canarios, cuya nave había sido asaltada por terroristas. Cumplía con su deber en la Armada, a la que pertenecían él y su familia, que se enteró del trágico suceso por la televisión. Nada le ha recordado, pero en la tesitura en la que todo sucedió no resulta extraño.
En el catálogo oficial español de organizaciones terroristas, aparecen la ETA, Terra Llure, el FRAP, el Exército Guerrilleiro, el GRAPO, el MPAIAC, el Batallón Vasco Español, la Triple A y últimamente el terrorismo yihadista, pero no el Polisario. Cierta mala conciencia de los españoles por haber abandonado a los saharauis en manos del sátrapa marroquí —sin que jamás se haya realizado el referéndum prometido,— llevó a mirar con «simpatía» a este grupo terrorista de filiación marxista, proargelino y que su objetivo hoy es una independencia de filiación islamista.
En estos tiempos en que es tan relevante y un acto de dignidad recuperar los cuerpos de bisabuelos en las cunetas, y pedir responsabilidades por lo que pasó hace un siglo, parece no importar a nadie la muerte de este joven ni la de los casi 300 que asesinó el Polisario cuyas mujeres, madres e hijos aún siguen vivos. Junto a ellos, los centenares de heridos, el número ingente de secuestrados tras semanas o meses de cautiverio y torturas y un gran número de desaparecidos. A pesar de que todos saben quiénes fueron los responsables, e incluso que el ideólogo de aquellos crímenes campó por España hace unos meses, nada ha pasado. Siguen impunes. Algo similar a tantos casos de la ETA sin resolver. A ellos sin sonrojo, se les dice que hay que pasar página. A estos, ni siquiera eso: simplemente no han existido.
Contexto histórico hasta la retirada de España
El Frente Polisario surgió en 1973 como movimiento independentista antiespañol en el Sáhara Occidental. En esa fecha comenzó sus ataques contra España, y hasta el 75, las Tropas Nómadas españolas debieron afrontar una doble amenaza, las fuerzas regulares e irregulares marroquíes por un lado y por otro las acciones de guerrillas del Frente Polisario, que conllevaron un centenar de bajas y una veintena de muertos.
Las Tropas Nómadas eran mixtas, pero en su mayoría, nativas. El Polisario infiltró entre ellas a miembros que en mayo de 1975, se incautaban del material bélico y apresaban a sus antiguos compañeros. El Polisario los mantuvo secuestrados, vejados y sometidos a torturas durante cuatro meses, El Soldado Angel Moral sería entonces disparado por la espalda.
La retirada de España en 1975, debería haber frenado sus acciones, pero al contrario, intensificaron la violencia durante más de una década, golpeando a trabajadores indefensos que fueron víctimas de puros actos de terrorismo: mineros, pescadores canarios, gallegos y andaluces. La línea transportadora de fosfatos sobre el desierto, se convirtió en una ruta de riesgo cotidiano: explosivos adosados como trampas en el trayecto de mineros españoles, emboscadas a pie de obra y el trabajo transformado en vulnerabilidad.
Y el mar se convertía en un escenario de horror. El grupo terrorista exhibió su brutalidad con ráfagas contra cascos de madera y abordajes en alta mar: barcos ametrallados, tripulaciones enteras sorprendidas por un enemigo que convertía la faena y el sustento en frontera de miedo.
1978: el año más sangriento
En 1975, un transportista de la mina Antonio Martín fue secuestrado durante siete meses y el pesquero Puerto de Naos sufría un atentado. Dos años más tarde, en 1977, el pesquero Pinzales fue ametrallado y su patrón, Andrés Parrilla, resultó herido. Ese mismo año, en noviembre, dos gallegos, el Saa y el Lugo, cayeron bajo el fuego.
El año 1978 sería uno de los más sangrientos en la memoria de la marinería española. Ocho pescadores del Cansado Palomas fueron secuestrados durante más de seis meses, el pesquero Lérez sufrió un atentado, y en el Tela, su patrón resultaba herido por metralla. En septiembre, la violencia se cebó contra cinco embarcaciones: María Luisa, Alada, Dorotea, Mar Caribe y El Batán. Pero los dos capítulos más brutales fueron el del Zuiderster-8 y el del Cruz del Mar.
El Cruz del Mar
El 28 de noviembre, hombres con trajes de buceo y armados, abordaron desde una zodiac el pesquero Cruz del Mar. Cenaron amigablemente con la tripulación, y tras ello, reunieron a los marineros en cubierta y procedieron a ametrallarlos. Siete de los diez tripulantes murieron. No hubo compasión ni para Sebastián Cañada «Chanito», niño de catorce años que había embarcado como premio por sus buenas notas. Sólo tres sobrevivieron arrojándose al mar. El barco fue dinamitado después, convirtiéndose en símbolo del horror.
El Zuiderster-8
El Zuiderster-8 fue asaltado por diez «hombres rana» del Polisario con una crueldad extrema: el capitán y los pescadores fueron reunidos en la cubierta, acribillados a tiros y pasados a machete. Si el destino al niño Chanito, le fue adverso, aquí hubo otros a los que la fortuna ayudó. Asesinaron a seis tripulantes, pero pudieron ser nueve. Inexplicablemente, uno de ellos pese a su corpulencia, logró esconderse en una chimenea. Otro, herido de gravedad por los disparos, quedó oculto bajo el cadáver de un compañero y milagrosamente se libró de ser rematado. Fue él quien, con las fuerzas que le quedaban, avisó por radio para que acudieran en su socorro. Y el tercero, el mecánico fogonero Baltasar Campelo, conocido como Sarucho se libró de la muerte por una casualidad del destino. Cada pesquero contaba con su propio mecánico, pero a última hora no embarcó con sus compañeros porque requirieron su presencia para ayudar a reparar la máquina de otra nave.
Cuando se recibió la angustiosa transmisión de socorro del Zuidester 8, Toñito, hermano de Sarucho, navegaba en otra barco de la compañía. Ignoraba lo acontecido y pensaba estaba allí. Corrieron a toda máquina hacia el lugar del ataque, y podemos imaginar su terror al saltar a la cubierta ensangrentada y buscarlo uno a uno entre los muertos.
Afortunadamente, no lo encontró. Ese día como recogió la prensa de la época, Sarucho había vuelto a nacer. Cuando Toñito lo encontró vivo ese abrazo emocionado quedó grabado y fue evocado en la memoria familiar durante años. Hoy, ya anciano, recordaba para El Debate a través de su sobrino el Comandante de Infantería de Marina Jesús Campelo aquel episodio con lágrimas en los ojos. Lágrimas por sus amigos que murieron, porque él sobrevivió por azar, y porque la fortuna le permitió que sus tres hijas no sufrieran el drama al que el Polisario condenó a 300 familias.
Tripulaciones «desaparecidas»
En julio de 1979, el barco Dong-Bang 53 fue atacado, y en 1980, el pesquero Juancho y el Mencey de Abona, pesquero grancanario, que desapareció a escasas millas de la costa sahariana. Encontrarían más tarde tres miembros de su tripulación, flotando en el mar, atados de pies y manos, con signos de haber sido brutalmente golpeados y estrangulados. Los cuerpos de 16 compañeros jamás fueron recuperados.
La tragedia continuaba en 1984. El congelador Montrove, con 16 hombres a bordo, desapareció sin dejar rastro y el pesquero Islamar III corrió la misma suerte. En 1985, los atentados se sucedieron: el Carmen de las Nieves en marzo, el Peixe do Mar en junio, y el 22 de septiembre el Junquito. En 1986, fueron atacados el pesquero Andes y el carguero Puente Canario que sufría un atentado con resultado de muerte.
La protección de la Armada: el Tagomago
Desde la retirada española del Sáhara la guerra entre el Frente Polisario y Marruecos, alcanzó en ocasiones a buques españoles. La necesidad de reforzar la presencia militar era una queja constante de los pescadores. En 1985, el patrullero Tagomago operaba en labores de apoyo y protección de los más de 1.000 pesqueros que faenaban a lo largo de 500 millas de costa atlántica entre Cabo Juby y Cabo Blanco. Era uno de los diez barcos de la clase Anaga, cortos en equipos y habitabilidad y por ello, conocidos como «los tacañones».
Por recortar costes su propulsión era de un solo eje, lo que dificultaba las maniobras en aguas cerradas y reducía su velocidad. Su único motor diésel Bazán-MTU de 4.500 CV le permitía un andar máximo de 15 nudos, con velocidad de crucero de 10 nudos y autonomía de 12 días. La dotación era de 27 personas: 4 oficiales, 4 suboficiales y 19 marineros. El armamento era el adecuado para tareas de patrullaje y policía marítima, pero carecía de protección para sus servidores, que son los que manejan el armamento.
El ataque al pesquero Junquito y el rescate
El Junquito, de 15 metros de eslora y dos motores de 200 caballos, fue atacado en la región de la Güera. En la madrugada del 21 de septiembre, el Tagomago con el Teniente de Navío Francisco Olmos Vargas al mando, recibió la misión de localizarlo y rescatar a su tripulación. Se aproximó al Junquito para colaborar con el remolcador español Ferrol en la búsqueda de los supervivientes.
La visibilidad era escasa, la costa —apenas tres millas—quedaba oculta por la calima. El Tagomago halló el pesquero aún en llamas. Los hombres de la Armada desembarcaron y comprobaron los signos de violencia: impactos de granadas anticarro, disparos, manchas de sangre, y lo más dramático: ni rastro de la tripulación ni del bote salvavidas.
Al retomar rumbo norte en busca de los posibles náufragos, el patrullero de súbito fue atacado desde la costa con fuego pesado: recibió 48 impactos de armas automáticas y piezas pesadas, como cañones sin retroceso de 106 mm o granadas de RPG.
El casco fue alcanzado por proyectiles de 20–23 mm y el puente por un cohete que hiríó gravemente al Cabo Segundo Especialista artillero José Manuel Castro Rodríguez, de 18 años. En la agresión también resultaron heridos el cabo primero electricista José Manuel Ferreiro y el cabo segundo de marinería Francisco Sánchez Granés. El Alférez Médico Antonio José Acosta, ejemplo de la laureada Sanidad Militar española, hizo lo imposible para salvar sus vidas durante el ataque y el traslado posterior, pero nada pudo hacer por el joven Castro que fallecería.
El comandante Olmos declaraba a El País «El fuego fue instantáneo. Fue realizado por sorpresa y con dirección de tiro. Nuestros agresores estaban parapetados en los acantilados No pudimos localizarlos a pesar de la proximidad, por la calima. Íbamos en una misión de salvamento, no encontramos supervivientes y dada la imposibilidad de devolver el fuego y el riesgo que corría la nave, decidí alejarla de la costa para poner a salvo a mi tripulación».
El secuestro de la tripulación del Junquito
El Polisario había capturado y trasladado a los marineros del Junquito a Tinduf, en Argelia. Algunos llegaron tan heridos como el contramaestre Guillermo Batista Figueroa, que moriría. Dado el impacto en los medios tras una semana de cautiverio los liberaron y el Gobierno español expulsaba a la representación en España del Frente Polisario. Sin embargo, las relaciones se retomaron de manera discreta, dejando a sus víctimas no en un segundo plano, directamente olvidadas como siempre ha denunciado ACAVITE, la asociación de víctimas del terrorismo de Canarias. Lucía Jiménez su presidente, doctora en Historia y recientemente fallecida, dedicó su vida a demostrar la dimensión del conflicto y fue muy crítica con los sucesivos gobiernos. Siempre denunció el interés de «blanquear» los atentados del Frente Polisario, «Por situaciones políticas y geoestratégicas han borrado del mapa a nuestras víctimas. Hay un negacionismo sobre la verdadera y sangrienta historia del terrorismo”.- expresaba. Y es que nunca hubo juicio por sus actos terroristas y el Polisario nunca ha pedido perdón, ni ningún gobierno ha exigido la entrega de los responsables. A los familiares se les dijo que aquellas muertes eran, textualmente, un accidente laboral dejando desprotegidos a viudas, húérfanos y heridos.
El drama silencioso y silenciado
Y es que en 2025 ya nadie recuerda que entre los años setenta y ochenta, el mar y el desierto fueron un escenario de duelo para España. No fue una suma de episodios aislados, sino una secuencia sistemática de horror. Dos pueblos marineros —Galicia y Canarias— compartieron el mismo drama silencioso. Sus barcos, se adentraban en las aguas en las que llevaban faenando desde la noche de los tiempos, pero ahora atravesadas por la pólvora del conflicto saharaui. Allí, entre redes y motores, no libraron una batalla heroica en sentido clásico, pero los hombres del mar sí protagonizaron una gesta colectiva. Con la muerte presente de tantos de los suyos, resistieron al miedo, siguieron navegando, luchando por su supervivencia y manteniendo viva la economía de sus pueblos y sus familias.
Pero también fue una gesta de la Armada Española ejemplificada en el jovencísimo cabo José Manuel Castro que perdía la vida cumpliendo con su deber por ir al rescate de los pescadores asaltados por terroristas. Nacido en El Ferrol, apenas tenía 18 años, una preciosa novia canaria y muchos planes de futuro y su muerte simbolizó la gran vulnerabilidad de los marinos españoles que intentaban defenderlos en un conflicto que se cobraba vidas en silencio. Hoy las víctimas de estos crímenes de lesa humanidad siguen reclamando memoria. Solo les queda la esperanza de que algún día en España hombres con corazón y razón hagan sobre todo, justicia.
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