DON ÁLVARO DE BAZÁN Y LA GUERRA ANFIBIA MODERNA

                     Artículo publicado en la REVISTA GENERAL DE MARINA de septiembre de 2026



           
Desembarco en la Isla Terceira de las Azores (fresco de Niccolo Granello. El Escorial)



Introducción

Las operaciones anfibias son una de las acciones militares más complejas de ejecutar. Necesitan un detallado planeamiento y mucha coordinación entre fuerzas navales y de desembarco, además de una importante logística. La doctrina actual de la NATO, recogida en el documento ATP-08(D) Doctrine for Amphibious Operations, establece que la operación anfibia es la forma de proyectar el poder naval desde la mar a una costa, mediante una integración completa de medios navales, terrestres, aéreos, logísticos, de inteligencia y de mando y control.[1]


Portada del ATP-08(D)

Sin embargo, muchos de estos principios que la doctrina contemporánea considera fundamentales, poseen raíces históricas mucho más profundas de lo que nos podemos imaginar. En particular, me refiero a la figura de don Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz, quien, más allá de su condición de almirante invicto de la Monarquía Hispánica, podemos considerarlo como el principal ideólogo de la guerra anfibia, tal y como la estudiamos hoy.

Su concepción de la proyección del poder naval sobre una costa enemiga anticipó, con varios siglos de antelación, varios elementos hoy presentes en la mencionada doctrina anfibia. Estos podrían ser, entre otros, la importancia del litoral marítimo como espacio operacional, el empleo combinado de fuerzas navales y terrestres, unidad de mando, sincronización de los fuegos de apoyo y la maniobra y una correcta explotación de la sorpresa estratégica. 

A través de este artículo, estudiaremos una comparativa histórica entre la concepción anfibia de este almirante del siglo XVI y la doctrina anfibia actual de la OTAN. 


Estatua de don Álvaro de Bazán de la plaza de la Villa, en Madrid (foto de Antonello Dellanotte. Portal web del Ayuntamiento de Madrid)

El uso del litoral para don Álvaro de Bazán 
Uno de los aspectos más interesantes fue comprender que el dominio del mar aporta importantes efectos operacionales y estratégicos sobre tierra. Esta idea, bastante evidente en la actualidad, rompía los conceptos de la guerra del siglo XVI que él vivió. Mientras muchas potencias europeas concebían todavía la guerra naval y la terrestre como ámbitos relativamente separados, don Álvaro concibió que su Armada debía actuar también como un instrumento de proyección.

Esta visión coincide con la filosofía doctrinal actual del ATP-08(D), que define la operación anfibia no como un mero desembarco de tropas en una playa, sino como una forma de proyectar el poder de una fuerza naval desde el mar hacia tierra. Esta doctrina OTAN insiste en que la acción anfibia no termina en la playa, sino que busca generar efectos en profundidad mediante el fuego y la maniobra durante cierto periodo de tiempo. En otras palabras, una operación anfibia no consiste en el mero desembarco de tropas, sino en la continuación de las operaciones en tierra gracias a la movilidad, la sorpresa y la generación de la incertidumbre.[2]

Naturalmente, sería impropio afirmar que don Álvaro de Bazán desarrolló una doctrina anfibia moderna en sentido estricto, pues no cabe duda que el contexto tecnológico, político y militar del siglo XVI era radicalmente distinto al actual. Sin embargo, sí puede sostenerse con bastante solidez que muchas de las ideas fundamentales sobre las que hoy se construyen las operaciones anfibias ya estaban presentes en su pensamiento operacional. Un curioso paralelismo. Precisamente ahí reside la verdadera dimensión histórica del marqués de Santa Cruz. El haber comprendido antes que otros cómo utilizar el poder naval para poder determinar la guerra en tierra. Quizás por eso, el estudio del ATP-08(D) produce, en algunos momentos, una sensación casi familiar para quien conoce las campañas del almirante invicto. Del «rayo de la guerra y padre de sus soldados».
  
Don Álvaro entendió, además, que la mar era un espacio de maniobra y no únicamente una vía de comunicación. Esta idea aparece igualmente en la doctrina contemporánea, que considera la ventaja de generarle un dilema estratégico al enemigo, quien al no conocer el punto exacto donde se realizará el desembarco, tendrá que extender su defensiva por toda la costa, con los problemas logísticos y operacionales que ello le acarreará. La principal superioridad estratégica de las fuerzas anfibias deriva precisamente de la utilización de la mar como espacio de maniobra, capaz de proporcionar sorpresa, flexibilidad y libertad de acción.[3] 
 
Sus campañas en la isla de Malta y las Azores, por mencionar las operaciones anfibias principales en las que participó, muestran la utilización sistemática de la movilidad a través del mar para seleccionar el punto de desembarco y conseguir la sorpresa operacional[4]. De hecho, la moderna concepción OTAN del littoral manoeuvre se podría decir que tiene su antecedente en estas mencionadas operaciones desarrolladas en el Mediterráneo y el Atlántico.

La unidad de mando, precursor del concepto actual
Otro de los rasgos doctrinales más innovadores de su concepción anfibia fue en lo relativo al mando de las fuerzas navales y de desembarco. Este almirante desarrolló un sistema en el que el jefe de la fuerza naval asumía también la responsabilidad última sobre el empleo de las tropas embarcadas. Este modelo también resulta extraordinariamente moderno, ya que el ATP-08(D) establece como principio esencial la existencia de relaciones de mando integradas entre el componente naval y la fuerza de desembarco. Esta doctrina actual articula esta relación de mando mediante figuras como el Commander Amphibious Task Force (CATF), personificado en el jefe de toda la Fuerza Anfibia Operativa (FAO) como una organización operativa conjunta para conducir la operación anfibia, y el Commander Landing Force (CLF)[5], que es el jefe de la Fuerza de Desembarco (FD) que será proyectada en la costa, y que prácticamente durante toda la operación estará subordinado al primero. La coordinación entre ambos constituye uno de los aspectos más importantes de toda operación anfibia. 

Don Álvaro de Bazán anticipó esta lógica varios siglos antes, de hecho, su relación profesional con Lope de Figueroa[6] constituye probablemente uno de los primeros ejemplos históricos de cooperación doctrinal estable entre unas fuerzas específicamente concebidas para operar juntas. La cooperación entre estos líderes no era improvisada. Existía una clara delimitación funcional, ya que el primer marqués de Santa Cruz dirigía la maniobra naval y la proyección estratégica y Lope de Figueroa comandaba las operaciones terrestres iniciales tras desembarcar. Esto anticipó igualmente el moderno concepto de operación conjunta. La importancia de esta integración sigue siendo central hoy, pues uno de los mayores riesgos de las operaciones anfibias contemporáneas es precisamente la falta de coordinación entre estos componentes.[7]  


Relieve en el monumento a Calderón de la Barca del escultor Juan Figueras, en la plaza de Santa Ana de Madrid. Lope de Figueroa aparece tras Felipe II (foto del autor)

Efectivamente podemos considerar que las operaciones anfibias son probablemente las operaciones militares más complejas debido precisamente a su naturaleza conjunta[8].  Así lo definiría textualmente el teórico militar Sir Basil Henry Liddell Hart: «El error más común en los desembarcos anfibios que con frecuencia condujo a fracasos fue el desconocimiento sobre las responsabilidades de cada ejército. Con demasiada frecuencia, los asaltos fracasaron o no dieron los resultados apetecidos debido a discusiones entre ejércitos que con sus distintos puntos de vista y lealtades bien podrían ser considerados los mejores aliados del enemigo»[9].

La isla de Malta: la génesis de la doctrina anfibia moderna
El socorro de Malta de 1565 representa uno de los primeros ejemplos históricos de operación anfibia concebida desde una lógica moderna. La isla constituía un punto estratégico esencial para el control del Mediterráneo central, y su caída habría alterado decisivamente el equilibrio regional frente al Imperio Otomano. La operación de socorro dirigida por García de Toledo y ejecutada en gran medida por los buques de don Álvaro de Bazán, mostró varios elementos doctrinales que hoy están presentes en el ATP-08(D):
- obtención y mantenimiento del control marítimo 
- ruptura del bloqueo enemigo
- explotación de la sorpresa
- empleo coordinado de medios navales y terrestres
- desembarco rápido de fuerzas
- generación de efectos estratégicos tras la acción anfibia 

Esta operación implicó una compleja organización naval y logística, con un importante número de galeras y embarcaciones auxiliares remolcando suministros y tropas en una formación cuidadosamente estructurada. Especialmente relevante resultó el desembarco nocturno en Melacha, burlando la vigilancia otomana y logrando introducir fuerzas suficientes para obligar al enemigo a reembarcar y abandonar la isla.[10] Esta operación ilustra perfectamente la importancia doctrinal de la sorpresa operacional.


Gráfico con los movimientos de las flotas otomanas y cristiana durante el asedio de Malta (libro «Las operaciones anfibias» de Álvarez-Maldonado y Gamundi Insua)

Más importante aún fue la consecuencia organizativa derivada de esta campaña de Malta, ya que, a pesar del éxito, Felipe II consideró inaceptable el que se hubieran tardado más de cuatro meses en preparar la fuerza de desembarco. Así también, tras el consejo de don Juan de Austria acerca la necesidad de contar con una tropa que estuviera preparada para navegar largos periodos de tiempo y que fuera capaz de desenvolverse con facilidad a bordo de cualquier tipo de buque, se decidió la creación de los Tercios de Armada. 

De esta manera, el rey ordenó que se formasen unidades conjuntas terrestres y navales que estuviesen siempre listas para embarcar y para actuar, vinculando permanentemente a la Real Armada algunos Tercios de Infantería española que, con el nombre genérico de Infantería de Armada, combatieran por tierra y mar.[11]

Real Decreto 1.888/1978



En el informe de don Juan de Austria tras su nombramiento como jefe de la Armada, de esta manera se lo indicaba: «Los soldados que han de residir en las galeras según tengo entendido de personas de mucha experiencia y de la poca mía puedo colegir, han de ser tomados y escogidos por el capitán de la misma galera adonde han de servir, y gobernados por él y por sus cabos de escuadra como hasta aquí se ha hecho, procurando que éstos sean hombres de valor y bien ejercitados en las armas porque de esta manera todos tendrán un fin, y no podrán suceder los inconvenientes que cuando son dos cabezas en la galera y a la una obedecen los soldados, y a la otra a la gente de cabo y remeros, como de la nueva orden, se sigue. Presupuesto ésto, convendrá discurrir qué género de gente, y de qué partes será más a propósito, para lo cual digo que, así como el soldado de mar se ha de ejercitar diferentemente del de tierra, tiene necesidad de muchas cosas de que el otro puede carecer y, al contrario. Al de mar, es necesario el uso de ella, porque no le haga mal, y el caminar firme y desenvueltamente por los navíos, para pasar, y acudir adonde fuere menester sin caer ni embarazarse, saber nadar, porque en ello tiene perdido el miedo al agua, y se puede arriscar a muchas cosas que otramente no podría, tener uso de las viandas que se acostumbran sobre mar porque la diferencia que hay de ellas a las de tierra no le cause enfermedad como es muy ordinario. Templanza en el comer y beber, y ser ejercitado en trabajar. Todas estas cosas o la mayor parte de ellas se hallan en la gente marítima, la cual, criada en miseria y en aquél género de vida, pasan por ellas, y no aparecen cosas mayores, antes en cierta manera estiman poder conseguir el nombre de soldado y son más disciplinables que otra gente porque se hallan andada la mayor parte del camino, y tienen también el ejercicio de las armas que allí se han de usar, por la continua sospecha y rebatos que les dan los corsarios, y con la natural enemistad que por injuria y daños recibidos les tienen, y conocimiento de su manera de pelear, y de lo que pueden son más aptos que otra gente para oponérseles».[12] 

Así nació el concepto de Fuerza de Desembarco, con estas unidades adiestradas para desembarcar dónde y cuándo se les ordenase, y formar una vez en tierra unidades tácticas capaces de combatir desde ese momento.[13] El nombramiento de Lope de Figueroa al frente de uno de estos Tercios de Armada creados en Cartagena, refleja el nacimiento de una auténtica fuerza anfibia permanentemente asignada a la Armada. 

Desde una perspectiva doctrinal contemporánea, esto supone un antecedente directo de la moderna Infantería de Marina, de la fuerza anfibia y de las fuerzas de desembarco permanentes integradas en las estructuras navales.

La isla Terceira: la primera operación anfibia moderna
La última acción de importancia de la campaña de las islas Azores de 1582-1583 constituye la mejor demostración de la doctrina de don Álvaro de Bazán. La conquista de la isla Terceira no fue un simple desembarco en la cala de las Molas, se trató de una operación estratégica concebida para resolver un problema político y militar de primer orden, tal como asegurar la incorporación de Portugal a la Monarquía Hispánica mediante la conquista de la única isla del archipiélago que aún se resistía y neutralizar la intervención francesa e inglesa en el Océano Atlántico. Además, en esta acción realizada en la isla Terceira aparecen muchos de los elementos centrales de una moderna operación anfibia. Porque de esta acción lo importante no es solo que se consiguiera la victoria, sino cómo se ejecutó el desembarco que permitió la conquista de la fortaleza de Angra. 

Gráfico que indica el lugar del desembarco en la isla Terceira de las Azores (libro «Las operaciones anfibias» de Álvarez-Maldonado y Gamundi Insua)


Por este motivo, para muchos historiadores esta acción es considerada como el primer desembarco anfibio doctrinalmente moderno. Antes del siglo XVI eran prácticamente improvisados, con tropas bajando de los buques como podían y donde se apreciaba que era el mejor lugar para ello. 

En el de la Terceira aparece por primera vez algo reconocible hoy en el ATP-08(D):
- mando único y binomio CATF-CLF
- planeamiento específico
- distribución planificada de la carga 
- reconocimiento previo de la zona objetivo anfibia
- control marítimo del sector de desembarco
- utilización de fuego naval de apoyo previo para preparar la costa
- secuencia organizada para el movimiento buque-costa mediante olas de desembarco
- aproximación de las tropas a la playa a bordo de unas embarcaciones específicamente preparadas
- establecimiento y consolidación de una cabeza de playa
- progresión coordinada hacia objetivos en profundidad 

Especialmente significativo resulta el concepto de las embarcaciones preparadas.[14] Esto demuestra una gran preocupación técnica y tecnológica por aumentar la seguridad de las tropas, lo que constituye precisamente otro de los elementos fundamentales de la guerra anfibia moderna.

Asimismo, la relación entre don Álvaro de Bazán y Lope de Figueroa durante la operación reproduce con enorme precisión la cooperación entre el CATF y el CLF, ya que mientras el primero dirigió la maniobra naval y la operación en general, el otro actuó como comandante de las tropas desembarcadas, las cuales, una vez en tierra, formaron los cuadros tácticos de los Tercios españoles tan característicos y se dirigieron a conquistar los objetivos señalados. 

El plan anfibio para la conquista de Inglaterra. Lo que pudo ser
La “empresa de Inglaterra” es como llamó don Álvaro de Bazán al intento de invasión por mar para restablecer el catolicismo en Inglaterra, tras destronar por la fuerza a la reina Isabel. Tanto por los medios que se pretendían utilizar como por su objetivo final, habría sido la operación anfibia más importante de la historia del mundo de haberse consumado. 

Un plan que él estimó fundamental para solucionar la situación política en aquellos años y que encontró el momento de ejecutarlo una vez se completó la anexión del imperio portugués. Los ataques ingleses a las ciudades costeras españolas tanto en Europa como en América, el aumento del corso contra las expediciones comerciales y el apoyo a los rebeldes en Flandes como ya habían hecho antes en Portugal, fueron motivos más que suficientes para acometerla. 

Así las cosas, el marqués de Santa Cruz, con el auxilio del contador don Bernardo de Pedrosa, elevó al rey en marzo de 1586 un minucioso plan donde relacionaba con detalle el número de buques y de personal que necesitaba para obtener el éxito. En esta propuesta se pretendía, en primer lugar, alistar una poderosa flota que fuera capaz de dominar el mar mediante la destrucción inmediata de todo aquello que se les opusiera durante la aproximación, desembarcar una potente fuerza en la costa inglesa que consolidara una cabeza de playa, y una vez reorganizados en tierra, iniciar la penetración hacia Londres mediante la conquista de objetivos intermedios que garantizaran la seguridad de las tropas y de los suministros mediante una cadena logística desde retaguardia. 

De nuevo una planificación muy semejante a la que se podría diseñar hoy. Para este plan tuvo en cuenta la experiencia adquirida en la Terceira, por lo que estimó la participación de 150 naves gruesas, 40 naos de carga, 400 embarcaciones menores y 200 barcazas de desembarco. Los efectivos humanos debían ascender a 16.612 hombres de mar, 3.920 hombres de cabo y 800 remeros. La fuerza de desembarco debía comprender 38.890 soldados y 1.600 jinetes. El coste de todo ello ascendería, según sus cálculos, a 3.801.288 escudos. Se consideró un horizonte temporal de dos años para conseguir todos estos medios y comenzar la operación. El desembarco se realizaría entre Dover y Margate, al sur del acceso al estuario del Támesis, en la costa oriental del condado de Kent.[15] El momento sería durante la estación de otoño, cuando los graneros ingleses estarían repletos tras acabar la cosecha y así tener asegurado el avituallamiento de las tropas desembarcadas.[16]


Corredor litoral del sureste de Inglaterra entre Dover y Margate, principal vía de aproximación marítima hacia el estuario del Támesis y Londres


Curiosamente, don Álvaro de Bazán nunca contó con el traslado desde Flandes de ninguna fuerza de invasión. Su plan contaba con llevar embarcada la fuerza de desembarco desde los propios puertos peninsulares, integrada en la denominada «Grande y felicísima Armada». 

Como ya sabemos, Felipe II no se decidió de inmediato y cuando lo hizo fue demasiado tarde. Muchos historiadores opinan que los motivos de este retraso fueron que este rey era extraordinariamente prudente en política exterior, queriendo evitar una guerra total contra Inglaterra porque no quería abrir diferentes frentes a la vez, él creía en la diplomacia y desconfiaba de acometer grandes operaciones, máxime si éstas eran caras y arriesgadas.

Decidido finalmente el rey en ejecutar esta empresa, la formidable administración española se puso en marcha. Pero su construcción, el acopio de pertrechos y el reclutamiento no serían tan rápidos ni eficaces como se esperaba, para desesperación de la Corona. En otoño de 1587 apenas se había conseguido reunir en Lisboa un centenar de buques procedentes de todos los reinos y regiones. La Gran Armada no estaba lista. Además, fue asolada por varios temporales mientras se preparaba y por una terrible epidemia de tifus, la cual le costó la vida hasta al propio don Álvaro de Bazán que falleció el 9 de febrero de 1588. Le sucedió en el mando de la operación el duque de Medina Sidonia, sin la experiencia naval del marqués. El resultado fue el que conocemos. 

Conclusiones
El análisis realizado permite afirmar que don Álvaro de Bazán fue un auténtico precursor de la moderna doctrina anfibia. El paralelismo entre sus campañas en Malta y en la isla Terceira, más lo que pretendía realizar en Dover, resulta difícil de ignorar con los ya mencionados principios recogidos en el ATP-08(D). También es especialmente significativa la cooperación entre don Álvaro de Bazán y Lope de Figueroa, que anticipó varios siglos antes la relación doctrinal actual entre el CATF y el CLF, como conjunción de la maniobra naval y la acción en tierra.

Naturalmente, sería impropio afirmar que don Álvaro de Bazán desarrolló una doctrina anfibia moderna en sentido estricto, pues no cabe duda que el contexto tecnológico, político y militar del siglo XVI era radicalmente distinto al actual. Sin embargo, sí puede sostenerse con bastante solidez que muchas de las ideas fundamentales sobre las que hoy se construyen las operaciones anfibias ya estaban presentes en su pensamiento operacional. Un curioso paralelismo. Precisamente ahí reside la verdadera dimensión histórica del marqués de Santa Cruz. El haber comprendido antes que otros cómo utilizar el poder naval para poder determinar la guerra en tierra. Quizás por eso, el estudio del ATP-08(D) produce, en algunos momentos, una sensación casi familiar para quien conoce las campañas del almirante invicto. Del «rayo de la guerra y padre de sus soldados».[17]


NOTAS: 
[1] Su definición textual es «Operación lanzada desde la mar por una fuerza anfibia embarcada en buques o embarcaciones, con el propósito principal de introducir una fuerza de desembarco en tierra para cumplir la misión asignada».

[2] Morales Morales, Samuel. ¿Tienen las capacidades anfibias un futuro incierto? del Cuaderno de Historia Militar de la Infantería de Marina española, siglos XVI-XXI. Desperta Ferro Ediciones, 2024.

[3] Supervielle Bergés, Federico. Táctica naval: Guerra en la mar en el siglo XXI. Maquetacionlibros.com, 2024.

[4] Unas operaciones que no serán detalladas en este artículo pues hay muchos estudios específicos sobre ellas, tan solo se analizarán los conceptos doctrinales anfibios extraídos de las mismas.
 
[5] En nuestra propia doctrina española son más conocidos como CFAO y CFD.

[6] Lope de Figueroa fue un maestre de campo de los Tercios de Armada y uno de los más estrechos colaboradores de don Álvaro de Bazán en sus campañas. Es considerado uno de los Infantes de Marina más sobresalientes de la historia de España.

[7] Morales Morales, Samuel. ¿Tienen las capacidades anfibias un futuro incierto? del Cuaderno de Historia Militar de la Infantería de Marina española, siglos XVI-XXI. Desperta Ferro Ediciones, 2024.

[8] Supervielle Bergés, Federico. Táctica naval: Guerra en la mar en el siglo XXI. Maquetacionlibros.com, 2024.

[9] Liddell Hart, Basil Henry. The value of amphibious flexibility and forces”. Journal of the Royal United Service Institution, 1960.

[10] Álvarez-Maldonado Muela, Ricardo y Gamundi Insua, Abel Ángel. Las operaciones anfibias. Empresa Nacional Bazán, 1993.

[11] Como refleja el Real Decreto 1.888/1978 que reconoce la antigüedad del Cuerpo de Infantería de Marina.

[12] Archivo General de Simancas. «Estado, Armadas y Galeras», legajo 445. Informe de don Juan de Austria al rey sobre el gobierno de la Armada.

[13] Como en esta época Felipe II lo que tenía era una Secretaría de Guerra, donde no se hacía distinción entre Ejército y Marina, no existía una diferenciación clara entre unidades terrestres y navales desde el punto de vista orgánico, siendo éstas las primeras en crearse expresamente para la Marina, vinculadas siempre a sus buques. Motivo por el cual, desde el primer momento sus denominaciones fueron navales, manifestándose en las anclas cruzadas que ostentaban en sus banderas y escudos.
 
[14] Se utilizaron una serie de embarcaciones de fondo plano con un portón en la proa que, aunque eran de madera y propulsadas por remos, tenían una configuración parecida a las lanchas de desembarco actuales.

[15] Prácticamente justo donde en el año 55 a.C. habían desembarcado las legiones de Julio César; no en vano es el sitio más próximo al continente, tiene playas aptas para el desembarco y da acceso hacia el eje del Támesis y desde allí hacia Londres y el interior de Inglaterra.

[16] Álvarez-Maldonado Muela, Ricardo y Gamundi Insua, Abel Ángel. Las operaciones anfibias. Empresa Nacional Bazán, 1993.

[17]  «Tomóla la capitana de Nápoles, llamada La Loba, regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel venturoso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz». Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, parte I, cap. XXXIX, 1605.





















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